viernes, 16 de enero de 2026

 

LUZ DESPUÉS DE LA OSCURIDAD      

Nunca hice propósitos de vida nueva con motivo del Año Nuevo . Mi propósito para 2026 , simplemente, es seguir vivo y coleando. Ojo, en esta fórmula, lo de coleando es importante, como ustedes bien saben. Queremos que la cita con la muerte nos pille vivos, esto es, disfrutando de las muchas cosas maravillosas de la existencia y combatiendo a la par sin tregua ni cuartel a los malvados. A los malvados , como decía Paco Ibáñez, “a galopar, a galopar, hasta enterrarlos en el mar” , ¿no?.

Puede que ustedes y yo estemos más cascados, más pobres o más solos que hace un tiempo; seguro que estamos muy preocupados por la quiebra de la razón y la falta de  humanidad a la que asistimos en este fatídico comienzo de año, pero, bueno, aquí seguimos. Y esto ya es una victoria. Recordemos siempre que todo es empeorable. Claro, pueden llevarme la contraria : también el mundo puede mejorar. En eso estamos.

Estas semanas de invierno quizás sean las más duras del año, cuando los días son cortos y el frio-en general-  más intenso. Los romanos llamaban a esta semanas Saturnalia implorando el comienzo del regreso del Sol. Personalmente poco hay que valore más que la luz y el calorcito del sol en medio de estos días de invierno que justamente llegan después de los días más oscuros.  

Sí, dirán ustedes pero estos son malos tiempos para la lírica lo que, traducido por mí, quiere decir malos tiempos para la convivencia pacífica, para la democracia, para la justicia universal. No lo olvido, no. Soy muy consciente de que el oscurantismo está muy de moda en estos años y este de 2026 muy especialmente. Soy consciente de que  a uno y otro lado del Atlántico la barbarie triunfa proponiendo a las masas la ley del más fuerte como alternativa a los ideales de libertad, igualdad y fraternidad de 1789. Soy consciente  de que las Luces de la Ilustración se han ido apagando en los últimos años, siendo reemplazadas por la brutalidad, por la salvajada, el descaro y el desprecio de algunos personajes y su desprecio por el orden mundial. Todo esto es cierto y lo estamos sufriendo en estas semanas frías y nevadas pero luminosas que han traído los reyes magos . ¿Pero quién ha dicho que la historia ha acabado, que este gélido invierno va a ser eterno?.

Podemos pensar, por ejemplo, en ese joven inmigrante de origen musulmán e ideales socialistas  llamado Mamdani que ha tomado posesión como alcalde de Nueva York en el inicio de este año, nada menos que NY, al ladito del guerrero naranja.  ¿Y si nos lo tomáramos como el comienzo del regreso del Sol Invicto, como un ejemplo exitoso de que, si los partidarios de las Luces lo hacemos bien, podríamos vivir una nueva primavera?

No creo que los cambios relevantes y duraderos , si han de llegar, vengan de arriba abajo como llovidos del cielo sino al contrario; si los cambios son posibles llegarán  de abajo arriba. Esta pensamiento, este deseo para el año que nos disponemos a vivir quiere traducirse en que la reconquista de la hegemonía cultural y política por parte de los partidarios de la ética y la razón debe comenzar por nosotros mismos, por los prójimos. Convirtamos nuestros pueblos , ciudades y comunidades en bastiones de la resistencia a la barbarie. Y a partir de ahí vayamos creciendo. Olvidémonos del asalto al Palacio de Invierno de los zares, aquello terminó mal. ¿Por qué no explorar el nuevo camino de Mamdani? Vayamos de lo local a lo universal.

De todo corazón.

 

 

 

UNA SALVAJADA   

 

 

Habría que hablar de Reyes Magos , de regalos, de buen rollo y de disfrute, de todo lo bueno que hay en el momento de afrontar un nuevo año y no sólo de Trump, que para mí- ya lo he dicho- representa al carbón teñido de naranja. Lo que acaba de suceder en Venezuela es una salvajada, se mire como se mire. La violencia del más fuerte puede servir para solucionar problemas, si acaso, entre animales, pero nunca entre seres humanos. Este personaje, este diablo naranja,  no va a parar en sus intentos de controlar a los países que le sean necesarios para sus objetivos. Porque lo más espeluznante es  que él mismo lo ha contado porque no tiene pelos en la lengua.

 

Lo que ha hecho este hombre es confirmar el fin del orden mundial establecido tras la derrota de los fascismos en la Segunda Guerra Mundial. Olvidémonos del derecho internacional, de la ONU, del multilateralismo, del diálogo y la negociación, de todas esas pendejadas. La única ley vigente es la del más fuerte. Podemos llamarlo la ley de la jungla, el Salvaje Oeste, el imperialismo descarnado, como queramos. Eso a este tipo se la suda. No intenta justificarse aludiendo a la democracia, los derechos humanos, las armas de destrucción masiva o cualquier otra milonga. Todo eso le importa un rábano. El dice explícitamente  que el bombardeo  de un país y el secuestro de su presidente tienen como objetivo el adueñarse de las inmensas reservas de petróleo ese país. Lo dice y lo hace sin despeinar su melena dorada.

Yo creo que todos cometimos el error de no tomarnos a este hombre en serio. Millones de sus compatriotas le votan, precisamente, porque dice lo que piensa y hace lo que dice. Él no es como otros que no cumplen muchas de las cosas que prometen. Él es, más bien, de la escuela de alemana de los años treinta del siglo pasado, ya saben: si digo que voy a invadir Checoslovaquia y Polonia, las invado. Y ahora si dice  que quiere adueñarse de Groenlandia, pues ya podemos imaginarnos a los marines desembarcando en esa enorme isla repleta de tesoros minerales.

Y, al mismo tiempo,  también podemos  imaginar  la babosa rendición de toda esa patulea de cobardicas que dicen gobernar Europa. ¡Pobre Europa! Sus élites de centroderecha y centroizquierda se creyeron el cuento del Amigo Americano. Ni tan siquiera se coscaron de por dónde iban las cosas con la sucesión de gamberradas estadounidenses en Vietnam, Panamá, Irak , Chile , Argentina y tantos otros lugares. No dieron pasos serios para emanciparse militar, económica y tecnológicamente de la tutela del imperio. Fueron incapaces de establecer relaciones estratégicas propias con Rusia y China. Y ahora, pues lo mismo : El nuevo orden o desorden mundial les sorprende con las manos vacías y caras de tonto.

Quiero pensar que de esa flojera generalizada se salva España que no debe su democracia al desembarco en Normandía sino a la actitud del sufrido pueblo español. España hoy, con su protesta y sus implicaciones  vuelve a ser uno de los pocos ejemplos de autonomía y dignidad en el Viejo Continente, como también lo hicimos  con la denuncia del genocidio de Gaza. Poco más puede hacer este país porque no somos  una gran potencia. Lamentablemente, España es muy dependiente de esa Unión Europea donde rigen los flojos a los que le tiemblan las piernas.

Nada más y nada menos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

NO NOS QUEREMOS LO SUFICIENTE                       

Hay una manera eficaz para evaluar los cambios en la vida y es recordar el pasado. Recordar dónde estábamos hace 10, 20, 50 años. Cómo era nuestra familia, nuestro trabajo, nuestra vivienda, nuestro coche,  nuestra vida….Quiénes éramos entonces y quiénes somos ahora. El paso del tiempo se comprende mejor así. Será inevitable una cierta la nostalgia,  una cierta idealización del pasado, pero los cambios profundos saltan a la vista y son inapelables.

Hablando de España los datos objetivos son los que son. A nivel europeo y me atrevo a decir que  más allá, me es difícil  encontrar una historia de éxito tan enorme  como los últimos cincuenta años españoles. Hace 50 años España era pobre, inculta y subdesarrollada. Secuestrada por una dictadura y por la moral católica. Era un convento y un cuartel.

Hoy al final de este 2025 España es uno de los países más prósperos , más libres del planeta y con más derechos ciudadanos alcanzados. Nuestra esperanza de vida supera los 83 años, de las más altas del planeta, y el índice de desarrollo humano que tenemos está entre las naciones con mejores condiciones de vida. Somos una democracia plural y europeísta. Tenemos una sanidad pública, universal y gratuita; una educación de calidad y disfrutamos de libertades civiles que hace medio siglo parecían inalcanzables. Nuestra renta per cápita duplica con creces la media mundial. Es un país donde las mujeres no sólo votan sino que deciden y gobiernan. Y es uno de los lugares del mundo donde amar a quienes queramos o decir lo que pensamos no nos cuesta la cárcel como antes.

Medio siglo ha dado para mucho. No ha habido en la historia de España una transformación mayor que la vivida en este medio siglo. En ningún momento del pasado hubo una etapa de mayor prosperidad; nunca un período mejor que celebrar. No diré que todo sea perfecto; en ningún país lo es y aquí tampoco. Hay muchísimos temas por mejorar, como es el caso de la vivienda o las desigualdades entre nosotros, especialmente entre la infancia. Las libertades , tan duramente conseguidas , están hoy cuestionadas. La democracia también corre el riesgo de una involución autoritaria. La prosperidad económica no ha alcanzado a todos los lugares por igual. El ascensor social sigue averiado aunque casi todos los jóvenes hoy llegan a la universidad. La memoria sigue siendo la gran asignatura pendiente y a una buena parte de los españoles les molesta que se recuerde lo nefasta que fue la dictadura, el período del franquismo.

Nuestro presente es muy mejorable, ciertamente. Pero si miramos medio siglo atrás, simplemente no hay color. A ojos de cualquier extranjero la trasformación de España  es apreciada con admiración. No así los propios españoles que parecemos no valorar debidamente los objetivos alcanzados. ¿ Por qué nos cuesta tanto a los españoles reconocer los méritos  de nuestro propio país? ¿ Por qué tenemos la autoestima tan baja?

Como todos los traumas, para entenderlo hay que mirar al pasado, a la muy deficiente construcción nacional española ya desde siglos atrás. No sólo no abrazamos en su día el concepto de nación que nos equiparaba a la Europa ilustrada sino que , en algunos momentos de nuestra historia nos enorgulleció aquello de que cuanto más analfabeto, más patriota. La ignorancia en el pasado y una ensalada de falsos mitos sustituyeron a un verdadero proyecto nacional con una idea de  España con un futuro común. En media España de derechas , se instaló con el tiempo una idea de España enfrentada a la otra media a la que llega a tachar de antiespaña, tanto que a la  izquierda esa imagen provocó una reacción , una respuesta. Se confundió federalismo ( que viene de frater, hermano) con debilidad de la nación.  Se sigue confundiendo hoy en día.

Por favor, miremos lo justo el retrovisor; miremos la historia de cincuenta años atrás para entender cómo hemos llegado hasta aquí. En los dos últimos siglos España perdió todas sus colonias, vivió cuatro guerras civiles, sufrió varias dictaduras,  y se convirtió en una caricatura de El Quijote, alguien  con sueños de una gloria pasada pero comiéndose los mocos. Y así llegó  España a 1.975 , con una nación de ciudadanos pero agrietada. Una patria donde quienes la celebran piensan en desfiles militares en vez de hospitales públicos o escuelas. Algunos de estos supuestos patriotas no se dan cuenta de la incoherencia que supone  llevar una pulserita rojigualda en la muñeca y esconder su dinero en paraísos fiscales.

Por eso nos sigue costando tanto querernos como país. Porque durante demasiado tiempo el patriotismo fue monopolio de los reaccionarios y el rechazo a la bandera fue la respuesta natural de quienes defendían la libertad y el progreso. En España, el amor a la patria se confundió con el amor a la dictadura. Tanto es así que , como vemos a estas alturas, cincuenta años después a la democracia le está costando construir su propio relato, echar raíces.  El resultado es esta paradoja: un país que está viviendo su mejor época  y , sin embargo, no se la cree.

Superar esta contradicción no exige olvidar el pasado sino comprenderlo. Mirarlo de frente, sin miedo. Recordar de dónde venimos es la única manera de saber quiénes somos. La historia de España no es solo la de sus reyes ni las de sus guerras inciviles sino también la de quienes lucharon por la libertad, por la ciencia, la cultura, la justicia y la igualdad. Ahí está la verdadera herencia nacional que deberíamos reivindicar.

Tenemos motivos de sobra para recuperar nuestra estima, nuestro patriotismo español. No permitamos que España sea propiedad privada y la registren a su nombre.

 

 

 

SISMOGRAFÍA POLÍTICA         


Estamos en pleno terremoto político : los demócratas estamos aterrados por la sismografía de las encuestas que hablan del ascenso de los no demócratas en la escala de preferencias de los españoles a la hora de elegir a nuestros representantes.

La cosa se sintetiza así : primero mostramos nuestro desconcierto ante las previsiones o ante las manifestaciones ruidosas y escandalosas de la calle o ante los exabruptos del Parlamento que parece no tener límite. En ese momento estamos.  Más tarde viene la gran indignación por semejante avance demencial . Pero la preocupación por el avance de la derecha más extrema trivializa la crisis que está atravesando la democracia, no sólo en España sino en el  mundo entero. Obsérvese que desde que Trump llegó al poder lo que está en juego es el orden mundial basado en unas normas establecidas. Y para plantar cara a esa alianza que constituyen de facto estos  matones  y autoritarios es necesario localizar correctamente el peligro cultural y político en el seno de nuestras democracias, no fuera.

En realidad, la amenaza no procede únicamente de los partidos extremistas que quieren socavar los principios de los derechos humanos, la separación de poderes y la protección que brinda el Estado del bienestar. El peligro no es solo que estos radicales autoritarios lleguen al poder o se establezcan coaliciones con ellos. El verdadero peligro y error reside en que los demás partidos traten de imitarlos , de copiarles sus discursos y se apresuren a adoptar sus dogmas racistas, patrioteros.

De tal manera que, tanto si es por resentimiento  o por error táctico como si es por pura conveniencia electoral, los intentos de los partidos tradicionales, clásicos de debilitar a la ultraderecha adoptando sus posiciones populistas lo único que logran es acabar normalizando el desprecio por la humanidad y debilitar el sentimiento de comunidad basado en la solidaridad.

En Alemania pasó exactamente eso en las pasadas elecciones. Y puede pasar en España.  Los conservadores  se emplean a fondo en mimetizar los eslóganes populistas y demenciales de la guerra cultural: se demoniza la inmigración (a pesar de que todos los datos económicos y demográficos demuestran la urgente necesidad de tener aún más inmigración), se debilita el consenso político sobre la memoria histórica y la reflexión crítica acerca del franquismo, se intimida a los actores de la sociedad civil. Los radicales de derechas , ante esta copia de sus postulados, ante tanto apoyo de la competencia, apenas dan crédito a su suerte y se apresuran a recoger los frutos sin despeinarse .

Si queremos preservar los logros de las democracias , si aspiramos a contrarrestar el eje autoritario y fascista que maneja el mundo, los conservadores deben preguntarse si les queda aún un fervor ético que los distinga de las ideologías radicales y de desprecio por la humanidad o se van a dejar llevar por la ola reaccionaria  de los extremistas.

La crisis de la democracia no solo se manifiesta en las urnas, sino también en el discurso político, en la vida cotidiana, en los tribunales , en las escuelas, en los campos deportivos,  en los  bares. Ahí es donde se pone de manifiesto si se están aplicando realmente las promesas de observancia de los derechos fundamentales de libertad e igualdad. Ahí se dirime si todos aquellos que se ven marginados por tener un aspecto diferente, por creer de forma diferente, por amar de forma diferente o por tener cuerpos que se aparten de la norma, si todos aquellos que son vulnerables pueden ser vilipendiados y atacados impunemente por las ideologías no democráticas . O si, por el contrario, estamos dispuestos a defender lo conseguido hasta ahora y protegemos nuestra sociedad del bienestar, nuestros cuidados y nuestra democracia que ha costado sangre, sudor y lágrimas en este país nuestro llamado España que alguien cree que es suya y se empeñan en registrarla a su nombre.

Atentos. Enrique Monterroso Madueño

 

 

COMER JUNTOS                                

Existe una evidencia que nadie cuestiona, que atraviesa la esencia de todas y cada una de las personas que han habitado, habitamos y habitarán este planeta: el universo no es nada sin la vida, y todo cuanto vive se alimenta. La comida lo es casi todo: cultura, economía, ecología, biología, química, política  y también un portentoso placer diario. Todo eso elevado a la enésima potencia, en las fiestas navideñas.  Durante siglos, lo relacionado con el comer quedó relegado a segunda división,  solo fue una cosa menor en la jerarquización del saber y del saber hacer pero ahora, en pleno siglo XXI, parece estar arriba en cuanto a reconocimiento y valoración. La industrial editorial da buena cuenta de ello.   

He tenido oportunidad de hojear el libro  “Pensar y Comer” cuya autora es Valeria Campos  que analiza y profundiza en dos campos de la vida, imprescindibles por igual, que son la necesidad de pensar y la necesidad de comer; entre la necesidad de emplear la razón como palanca que nos permite evolucionar y progresar, y la necesidad de comer para vivir. Llevado esto al refranero ,que es más ligero de entender,  sería algo parecido a “ dime qué y cómo comes y te diré cómo piensas y cómo quieres vivir”.      

Así podemos establecer una especie de  jerarquización de los sentidos. Están los que actúan de manera más directa en la producción de conocimiento, del saber como la vista y el oído y los menos valorados, como son el tacto, olfato, gusto que afectan directamente al cuerpo , lo que permite defender que por un lado está  el conocimiento activo que es masculino frente a los sentidos pasivos que serían femeninos.

También, dándole al coco,  se puede observar -en nuestra civilización al menos- otro tipo de jerarquía  en todo lo que conlleva poner un plato caliente en la mesa. En ese sentido, la agricultura, el cuidado, la preparación, la limpieza, la cocción y el servicio de lo cocinado han sido tradicionalmente trabajos de personas marginadas y hasta marginales en la sociedad: cosas de esclavos, de trabajadores manuales y, por supuesto, de mujeres.

Pero los tiempos están cambiando que es una barbaridad. Ahora nos planteamos qué es exactamente comer o qué significa una buena comida. Tomar 20 o 30  miniplatos de  degustación en un restaurante de postín a lo peor no es tanto comer como fardar; mientras que un humilde puchero doméstico puede ser un orfeón de sabores y de nutrientes.

La generación actual está reinventando o redescubriendo su alimentación, dice la autora, porque   invita a pensar cómo vivimos, y subraya que las sociedades urbanizadas llevan a un estilo de vida en el que la vivienda donde se puede cocinar está muy separada del lugar donde se trabaja o donde se divierten las personas, sobre todo en las grandes urbes, lo que lleva al auge del picoteo, a la generalización de envases de plástico  y al consumo de alimentos industriales. Esto tiene un impacto medioambiental muy negativo, porque la producción, la transformación, el transporte y comercialización contribuyen a la destrucción de la biodiversidad y a la contaminación.

Algunas veces pienso que quizás  no haya  vínculo social y afectivo más fuerte y decisivo que el vínculo que se establece  alrededor de un puchero, de una paella, de unas migas  o de una barra de bar.  Comer juntos puede constituir, a la larga,  un vínculo mucho mas fuerte que ser del mismo padre o la misma madre.  Comer juntos es la dinámica fundacional del nosotros. Es el puñado de personas que se alimenta juntos mano a mano lo que acaba generando vínculos familiares, sociales.

Ahí va mi tesis : es  el hecho de alimentarnos juntos lo que construye la comunidad y no al revés. Comamos y brindemos por ello. También en Navidad.

Enrique Monterroso Madueño

 

TECNOLOGÍA  E IRREALIDAD 

Cuando éramos niños la mayoría de nosotros, los puretas avanzados, éramos pobres y no teníamos tele pero la vida  era soportable   porque carecer de televisión tenía la ventaja de no hacer comparaciones insoportables entre la humildad de nuestra  estrechez de vida y el lujo de lo que mostraban las pantallas.  

Cuando irrumpió la televisión comprobamos que la vida que desfilaba por la pantalla, con sus objetos y sus situaciones envidiables, era muy diferente de la vida real que soportábamos nosotros  con naturalidad porque nuestra vida no era ficticia. Fue entonces cuando comenzamos a comprobar que la televisión es una fuerza poderosa y dañina que distorsiona la realidad y manipula la percepción de nuestras mentes.

Hoy aquel aparato ha perdido su hegemonía, pero las pantallas se han multiplicado por millones y, con ellas, las “comparaciones insoportables” que hacemos o podemos hacer  cada cual frente a lo que tenemos pero no tenemos, no tiene y no frente a lo que vivimos pero no vivimos porque casi todo es irreal y cabe en ese aparato ubicuo que llevamos en el glúteo bolsillo izquierdo hasta el punto de hacernos dudar y preguntarnos  dónde queda hoy la vida real y la vida irreal.

En el siglo XXI la plaza pública, la calle, ese espacio físico en el que la gente conversaba, discutía y conspiraba, se ha trasladado a la pantalla, a esa arena virtual donde la multitud es un mar de individualidades, cada una atrincherada en su propia habitación. Lo mismo cabe decir de las compras y el comercio que dependen exclusivamente de la logística. Y así, de tantas y tantas cosas importantes con que llenamos y vaciamos al mismo tiempo nuestras vidas.

Hoy quien lanza un mensaje en la plaza pública mediante el verbo se expone a la irrelevancia, a menos que retransmita su filípica en una arena virtual, que es por donde circula la realidad. En nuestros tiempos ,ya arcanos, la distancia entre el emisor y el receptor era lo que deformaba el mensaje, pero hoy la tecnología ha depurado el proceso: el mensaje ya se emite deformado, entre miles, millones  de mensajes, de contrainformación que enmascaran el ardid, el engaño, la manipulación.

Un vecino de Marbella  está más cerca de un  australiano con el que discute en twiter(X) que de su propio vecino; se han subvertido las distancias, nos queda cerca lo que está lejos y nuestro vecino, nuestro prójimo y no digamos ya la plaza pública, están a una distancia sideral. Así que nos replegamos  en nuestras habitaciones frente a la pantalla y ahí nos informamos, publicamos nuestras  ideas como yo hago ahora, debatimos via wasap , aprendemos a cocinar y puede que hasta resolvamos las cuitas del amor. Reconozcámoslo, vivimos en una especie  de agorafobia, porque sabemos que todo lo que nos interesa sucede en la pantalla que llevamos en el bolsillo, ahí, donde la espalda pierde su honor.

De esta situación nacen los dos mensajes que agitan hoy al mundo: el miedo a perderse algo y el solo se vive una vez, es decir, la ausencia y la urgencia. Ambos mensajes subliminales articulan la histeria de nuestro tiempo: la inmediatez que impone la pantalla, donde todo sucede al instante, y la necesidad de estar ahí permanentemente, para no perdernos nada y contarlo.

Una de las peores ofensas de este siglo es dejar a alguien “en visto” en el WhatsApp: que quien emite el mensaje compruebe que ha llegado al receptor, y este no le responda con la inmediatez que impone el medio. Ahí, como en muchas otras situaciones de la cotidianidad, la inmediatez del mensaje se estrella contra la ausencia de la respuesta inmediata.

Así vivimos, entre esos dos conceptos que ya existían cuando las familias de entonces se sentían agraviadas por la irrealidad que les presentaba la pantalla tan lejana de sus vidas reales. Pero ahora, en no mucho tiempo resulta que para nosotros la realidad es, precisamente, esa irrealidad.

¿ No estaremos locos?     Enrique Monterroso

 

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