Cuando éramos
niños la mayoría de nosotros, los puretas avanzados, éramos pobres y no
teníamos tele pero la vida era soportable
porque carecer de televisión tenía la
ventaja de no hacer comparaciones insoportables entre la humildad de
nuestra estrechez de vida y el lujo de
lo que mostraban las pantallas.
Cuando
irrumpió la televisión comprobamos que la vida que desfilaba por la pantalla,
con sus objetos y sus situaciones envidiables, era muy diferente de la vida
real que soportábamos nosotros con
naturalidad porque nuestra vida no era ficticia. Fue entonces cuando comenzamos
a comprobar que la televisión es una fuerza poderosa y dañina que distorsiona
la realidad y manipula la percepción de nuestras mentes.
Hoy aquel
aparato ha perdido su hegemonía, pero las pantallas se han multiplicado por
millones y, con ellas, las “comparaciones insoportables” que hacemos o podemos
hacer cada cual frente a lo que tenemos
pero no tenemos, no tiene y no frente a lo que vivimos pero no vivimos porque
casi todo es irreal y cabe en ese aparato ubicuo que llevamos en el glúteo bolsillo
izquierdo hasta el punto de hacernos dudar y preguntarnos dónde queda hoy la vida real y la vida irreal.
En el siglo
XXI la plaza pública, la calle, ese espacio físico en el que la gente
conversaba, discutía y conspiraba, se ha trasladado a la pantalla, a esa arena
virtual donde la multitud es un mar de individualidades, cada una atrincherada
en su propia habitación. Lo mismo cabe decir de las compras y el comercio que
dependen exclusivamente de la logística. Y así, de tantas y tantas cosas
importantes con que llenamos y vaciamos al mismo tiempo nuestras vidas.
Hoy quien
lanza un mensaje en la plaza pública mediante el verbo se expone a la
irrelevancia, a menos que retransmita su filípica en una arena virtual, que es
por donde circula la realidad. En nuestros tiempos ,ya arcanos, la distancia
entre el emisor y el receptor era lo que deformaba el mensaje, pero hoy la
tecnología ha depurado el proceso: el mensaje ya se emite deformado, entre
miles, millones de mensajes, de
contrainformación que enmascaran el ardid, el engaño, la manipulación.
Un vecino de Marbella
está más cerca de un australiano con el que discute en twiter(X)
que de su propio vecino; se han subvertido las distancias, nos queda cerca lo
que está lejos y nuestro vecino, nuestro prójimo y no digamos ya la plaza
pública, están a una distancia sideral. Así que nos replegamos en nuestras habitaciones frente a la pantalla
y ahí nos informamos, publicamos nuestras ideas como yo hago ahora, debatimos via wasap ,
aprendemos a cocinar y puede que hasta resolvamos las cuitas del amor.
Reconozcámoslo, vivimos en una especie de agorafobia, porque sabemos que todo lo que nos
interesa sucede en la pantalla que llevamos en el bolsillo, ahí, donde la
espalda pierde su honor.
De esta
situación nacen los dos mensajes que agitan hoy al mundo: el miedo a perderse
algo y el solo se vive una vez, es decir, la ausencia y la urgencia. Ambos
mensajes subliminales articulan la histeria de nuestro tiempo: la inmediatez
que impone la pantalla, donde todo sucede al instante, y la necesidad de estar
ahí permanentemente, para no perdernos nada y contarlo.
Una de las
peores ofensas de este siglo es dejar a alguien “en visto” en el WhatsApp: que
quien emite el mensaje compruebe que ha llegado al receptor, y este no le
responda con la inmediatez que impone el medio. Ahí, como en muchas otras
situaciones de la cotidianidad, la inmediatez del mensaje se estrella contra la
ausencia de la respuesta inmediata.
Así vivimos,
entre esos dos conceptos que ya existían cuando las familias de entonces se
sentían agraviadas por la irrealidad que les presentaba la pantalla tan lejana
de sus vidas reales. Pero ahora, en no mucho tiempo resulta que para nosotros
la realidad es, precisamente, esa irrealidad.
¿ No estaremos
locos? Enrique Monterroso
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