viernes, 16 de enero de 2026

 

TECNOLOGÍA  E IRREALIDAD 

Cuando éramos niños la mayoría de nosotros, los puretas avanzados, éramos pobres y no teníamos tele pero la vida  era soportable   porque carecer de televisión tenía la ventaja de no hacer comparaciones insoportables entre la humildad de nuestra  estrechez de vida y el lujo de lo que mostraban las pantallas.  

Cuando irrumpió la televisión comprobamos que la vida que desfilaba por la pantalla, con sus objetos y sus situaciones envidiables, era muy diferente de la vida real que soportábamos nosotros  con naturalidad porque nuestra vida no era ficticia. Fue entonces cuando comenzamos a comprobar que la televisión es una fuerza poderosa y dañina que distorsiona la realidad y manipula la percepción de nuestras mentes.

Hoy aquel aparato ha perdido su hegemonía, pero las pantallas se han multiplicado por millones y, con ellas, las “comparaciones insoportables” que hacemos o podemos hacer  cada cual frente a lo que tenemos pero no tenemos, no tiene y no frente a lo que vivimos pero no vivimos porque casi todo es irreal y cabe en ese aparato ubicuo que llevamos en el glúteo bolsillo izquierdo hasta el punto de hacernos dudar y preguntarnos  dónde queda hoy la vida real y la vida irreal.

En el siglo XXI la plaza pública, la calle, ese espacio físico en el que la gente conversaba, discutía y conspiraba, se ha trasladado a la pantalla, a esa arena virtual donde la multitud es un mar de individualidades, cada una atrincherada en su propia habitación. Lo mismo cabe decir de las compras y el comercio que dependen exclusivamente de la logística. Y así, de tantas y tantas cosas importantes con que llenamos y vaciamos al mismo tiempo nuestras vidas.

Hoy quien lanza un mensaje en la plaza pública mediante el verbo se expone a la irrelevancia, a menos que retransmita su filípica en una arena virtual, que es por donde circula la realidad. En nuestros tiempos ,ya arcanos, la distancia entre el emisor y el receptor era lo que deformaba el mensaje, pero hoy la tecnología ha depurado el proceso: el mensaje ya se emite deformado, entre miles, millones  de mensajes, de contrainformación que enmascaran el ardid, el engaño, la manipulación.

Un vecino de Marbella  está más cerca de un  australiano con el que discute en twiter(X) que de su propio vecino; se han subvertido las distancias, nos queda cerca lo que está lejos y nuestro vecino, nuestro prójimo y no digamos ya la plaza pública, están a una distancia sideral. Así que nos replegamos  en nuestras habitaciones frente a la pantalla y ahí nos informamos, publicamos nuestras  ideas como yo hago ahora, debatimos via wasap , aprendemos a cocinar y puede que hasta resolvamos las cuitas del amor. Reconozcámoslo, vivimos en una especie  de agorafobia, porque sabemos que todo lo que nos interesa sucede en la pantalla que llevamos en el bolsillo, ahí, donde la espalda pierde su honor.

De esta situación nacen los dos mensajes que agitan hoy al mundo: el miedo a perderse algo y el solo se vive una vez, es decir, la ausencia y la urgencia. Ambos mensajes subliminales articulan la histeria de nuestro tiempo: la inmediatez que impone la pantalla, donde todo sucede al instante, y la necesidad de estar ahí permanentemente, para no perdernos nada y contarlo.

Una de las peores ofensas de este siglo es dejar a alguien “en visto” en el WhatsApp: que quien emite el mensaje compruebe que ha llegado al receptor, y este no le responda con la inmediatez que impone el medio. Ahí, como en muchas otras situaciones de la cotidianidad, la inmediatez del mensaje se estrella contra la ausencia de la respuesta inmediata.

Así vivimos, entre esos dos conceptos que ya existían cuando las familias de entonces se sentían agraviadas por la irrealidad que les presentaba la pantalla tan lejana de sus vidas reales. Pero ahora, en no mucho tiempo resulta que para nosotros la realidad es, precisamente, esa irrealidad.

¿ No estaremos locos?     Enrique Monterroso

 

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