BRAVO POR ESPAÑA 17-04-2026
Estamos en plena
primavera no sólo climática sino social y económica y hasta política en esta
España nuestra. Primavera climática calentita que aventura una canícula
insoportable. Primavera social porque la sangre está caliente y las hormonas
invitan a solazarse. Primavera económica porque los datos siguen avalando el
crecimiento de la economía española digan lo que digan los agoreros y
matasanches. Y primavera política porque hoy se inaugura en España un reconocimiento legal nada menos que a
500.000 personas que hasta ahora estaban entre nosotros pero eran invisibles. La
sola palabra evoca a muchos españoles un
cierto desprecio. Simplemente mencionarlos
provoca respuestas airadas y enconadas.
Pocos términos
del diccionario político están tan pervertidos y cargados de negatividad como
“inmigrante”. El giro hacia la extrema derecha que han dado los partidos, los medios de
comunicación , las redes y la ciudadanía en general se hace especialmente
visible en el discurso sobre la inmigración. Sé cuando estoy ante una persona
de extrema derecha cuando le oigo hablar sobre los inmigrantes. Da igual que
sea esa persona cristiana que atea. Cuando se habla que la sanidad, la salud ,
la educación , la dependencia o los derechos son para todos, universales, siempre,
siempre buscan un pero y es entonces cuando se les ve el plumero. Sí pero
no. No es que antes viviésemos en fraternidad con
los extranjeros y los acogiésemos con flores, nunca fue así; pero la manera en
que la xenofobia y el racismo han ganado terreno en los últimos años es
espeluznante.
Y , sin embargo,
como está archidemostrado y yo mismo he dado ya varios picotazos a la
conciencia cívica a ver si despierta, el tema de las personas que se ven
obligadas a emigrar tiene , al menos, un cariz egoista que es el de considerar
el fenómeno como beneficio a cuenta de
resultados para nosotros los países
ricos o con aspiraciones como es España
pues los datos son irrefutables. Hoy no sería posible la vida sin la
concurrencia de personas llegadas de fuera que barren , friegan, limpian,
lavan, ponen refrescos, hacen camas, hacen espetos, recogen fresas, atienden enfermos , cuidan de personas
mayores y de niños, limpian culos, alzan muros, labran tierras etc etc etc.
Imaginémosnos por un momento nuestras ciudades sin inmigrantes. Respondan.
Alcen la vista, dejen el móvil . Sí , los necesitamos pero invisibles, sin
papeles, recogiditos en sus infraviviendas y sin chistar.
Están los
gobiernos de medio mundo criminalizando al inmigrante, persiguiéndolo,
encerrándolo y expulsándolo. Está la Unión Europea, cuya política migratoria en
este tema es acomodaticia pues creen es el nuevo signo de los tiempos. Están muchos
medios de comunicación cuyas noticias, artículos y tertulias se suman con alegría a la ola reaccionaria.
Están por supuesto las redes sociales, difundiendo noticias falsas que criminalizan y deshumanizan a las
personas migrantes. Están los patrioteros de guardia que
con una colección de falsedades arriman la desgracia a su sardina. Están los partidos de extrema derecha con sus delirios , pero
también los partidos de la derecha tradicional que, para desgracia de la
democracia, han endurecido su discurso migratorio, tomen nota de lo que acaban
de decir ayer mismo. Y estamos los ciudadanos que, con más o menos resistencia,
acabamos también arrastrados por esa ola.
Era inevitable
que -en un país en el que la derecha está en una campaña feroz y permanente para derribar al Gobierno-
cualquier exhibición de sentido de Estado como ha hecho el gobierno de Sánchez ,
sincera o no, sea vista con ojos torvos y gruñidos de hambre por sus adversarios.
Por todo ello, por esa carga negativa que hoy tiene la palabra
inmigrante , resulta admirable y valiente la decisión del gobierno de
regularizar a cientos de miles de personas que ya viven y trabajan con
nosotros. Y hacerlo además sin esconderlo, sin disimulo, llamando a las cosas
por su nombre, hablando de razones económicas pero también de justicia y de
humanidad, de derechos, y de una España
abierta y diversa, convirtiendo
la regularización en un acto político a
contracorriente de la ola reaccionaria y hasta defenderlo con orgullo.
Bravo por
España.