Ante el
panorama adverso y desafiante que nos toca vivir ( estoy pensando en Trump y todo lo que le
rodea, en Ucrania, en Putin, en Gaza,
Venezuela etc. etc. y los enfrentamientos fratricidas en el solar patrio) , en
lugar de tirar la toalla por tanta fatiguita y permitir que el pecado de la
omisión explique a las generaciones futuras el triunfo de la sinrazón, siento la necesidad de recuperar la confianza
en la respuesta de la ciudadanía, desde la americana a la europea o la nuestra.
Me influye
para no perder toda esperanza de
conciliar emociones y racionalidad, la respuesta social que en España ( pero
sobre todo en Andalucía) se está produciendo ante la tragedia ferroviaria de
Adamuz con un tsunami de solidaridad, de
empatía y de activismo que son para recordar como memoria.
De manera que,
con la misma convicción con que defiendo la imperiosa necesidad de ser
reflexivos ante situaciones discordantes, (racionalidad que a veces no se ven
por ningún lado sino todo lo contrario) , al mismo tiempo valoro y me regocijo
ante las emociones colectivas tipo dana valenciana o choque de trenes en
Andalucía. Hasta el punto que esta bipolaridad mía precisa de alguna de
intervención externa que me lo aclare.
Hay que
resolver esta contradicción. ¿ Por dónde empezar?. En una sociedad cada vez más
individualista, deberíamos todos comenzar por nosotros mismos , mirándonos
hacia dentro y preguntándonos si estamos dispuestos a luchar por el bien común
o sólo por el nuestro, si vamos a atender tan sólo el individualismo o
implicarnos en los temas colectivos , haciendo nuestro cualquier dolor ajeno ,
del prójimo. En este sentido Adamuz está resultando un ejemplo donde mirarse al
hacer suyo, como si le sucediera a ellos,
lo que simplemente ha tenido lugar en su término municipal. A este
respecto echo mano de una frase de Al Zubaydi, preceptor del califa Al Hakén II
que dice : “todas las tierras en su diversidad son una; y hermanos y
semejantes todos los seres humanos”.
La respuesta
de Adamuz es extensiva a todos los lugares colindantes con los que comparten comarca y cuyo denominador común es ser andaluces y vivir
del campo que es sinónimo de cierta escasez y
mucha humildad, las dos cosas unidas. Aprecio que la solidaridad tiene
más que ver con el campo que con la ciudad, es más rural que urbana. Aprecio
que la generosidad es más una virtud de quienes menos tienen que de los ricos.
Aprecio que los más necesitados están más dispuestos a sacrificarse ante una
tragedia humana que los afortunados que están perfectamente instalados en la
comodidad de su sofá.
Esa y no otra
es la gran cuestión, saber si el espíritu de Adamuz o el de la dana valenciana
responde a virtudes públicas , colectivas que nos identifican como humanos y
como españoles o son , tan sólo
respuestas esporádicas desde la parte emocional que no se corresponden con ese
otro perfil también tan español de individualismo farisaico.
Preguntas que
me hago en medio de las vías : ¿ Por qué queremos ir cada vez más rápido en
este viaje a ninguna parte? ¿ Por qué prima más la velocidad que la calidad de
nuestras vidas.? Es esta una buena ocasión para reflexionar por las
infraestructuras del pensamiento que con frecuencia nos llevan por estos
derroteros llorando por las esquinas.
De momento,
quedémonos con “el espíritu de Adamuz” como ejemplo de virtudes públicas
identitarias.