viernes, 23 de enero de 2026

 


 EL ESPÍRITU DE ADAMUZ 

Ante el panorama adverso y desafiante que nos toca vivir  ( estoy pensando en Trump y todo lo que le rodea, en Ucrania, en Putin, en  Gaza, Venezuela etc. etc. y los enfrentamientos fratricidas en el solar patrio) , en lugar de  tirar la toalla por tanta  fatiguita y permitir que el pecado de la omisión explique a las generaciones futuras el triunfo de la sinrazón,  siento la necesidad de recuperar la confianza en la respuesta de la ciudadanía, desde la americana a la europea o la nuestra.

Me influye para no perder toda esperanza  de conciliar emociones y racionalidad, la respuesta social que en España ( pero sobre todo en Andalucía) se está produciendo ante la tragedia ferroviaria de Adamuz con un tsunami  de solidaridad, de empatía y de activismo que son para recordar como memoria.

De manera que, con la misma convicción con que defiendo la imperiosa necesidad de ser reflexivos ante situaciones discordantes, (racionalidad que a veces no se ven por ningún lado sino todo lo contrario) , al mismo tiempo valoro y me regocijo ante las emociones colectivas tipo dana valenciana o choque de trenes en Andalucía. Hasta el punto que esta bipolaridad mía precisa de alguna de intervención externa que me lo aclare. 

Hay que resolver esta contradicción. ¿ Por dónde empezar?. En una sociedad cada vez más individualista, deberíamos todos comenzar por nosotros mismos , mirándonos hacia dentro y preguntándonos si estamos dispuestos a luchar por el bien común o sólo por el nuestro, si vamos a atender tan sólo el individualismo o implicarnos en los temas colectivos , haciendo nuestro cualquier dolor ajeno , del prójimo. En este sentido Adamuz está resultando un ejemplo donde mirarse al hacer suyo, como si le sucediera a ellos,   lo que simplemente ha tenido lugar en su término municipal. A este respecto echo mano de una frase de Al Zubaydi, preceptor del califa Al Hakén II que dice : “todas las tierras en su diversidad son una; y hermanos y semejantes todos los seres humanos”. 

La respuesta de Adamuz es extensiva a todos los lugares colindantes con los que  comparten comarca y cuyo  denominador común es ser andaluces y vivir del campo que es sinónimo de cierta escasez y  mucha humildad, las dos cosas unidas. Aprecio que la solidaridad tiene más que ver con el campo que con la ciudad, es más rural que urbana. Aprecio que la generosidad es más una virtud de quienes menos tienen que de los ricos. Aprecio que los más necesitados están más dispuestos a sacrificarse ante una tragedia humana que los afortunados que están perfectamente instalados en la comodidad de su sofá.

Esa y no otra es la gran cuestión, saber si el espíritu de Adamuz o el de la dana valenciana responde a virtudes públicas , colectivas que nos identifican como humanos y como  españoles o son , tan sólo respuestas esporádicas desde la parte emocional que no se corresponden con ese otro perfil también tan español de individualismo farisaico.

Preguntas que me hago en medio de las vías : ¿ Por qué queremos ir cada vez más rápido en este viaje a ninguna parte? ¿ Por qué prima más la velocidad que la calidad de nuestras vidas.? Es esta una buena ocasión para reflexionar por las infraestructuras del pensamiento que con frecuencia nos llevan por estos derroteros llorando por las esquinas.

De momento, quedémonos con “el espíritu de Adamuz” como ejemplo de virtudes públicas identitarias.

 

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