viernes, 16 de enero de 2026

 

COMER JUNTOS                                

Existe una evidencia que nadie cuestiona, que atraviesa la esencia de todas y cada una de las personas que han habitado, habitamos y habitarán este planeta: el universo no es nada sin la vida, y todo cuanto vive se alimenta. La comida lo es casi todo: cultura, economía, ecología, biología, química, política  y también un portentoso placer diario. Todo eso elevado a la enésima potencia, en las fiestas navideñas.  Durante siglos, lo relacionado con el comer quedó relegado a segunda división,  solo fue una cosa menor en la jerarquización del saber y del saber hacer pero ahora, en pleno siglo XXI, parece estar arriba en cuanto a reconocimiento y valoración. La industrial editorial da buena cuenta de ello.   

He tenido oportunidad de hojear el libro  “Pensar y Comer” cuya autora es Valeria Campos  que analiza y profundiza en dos campos de la vida, imprescindibles por igual, que son la necesidad de pensar y la necesidad de comer; entre la necesidad de emplear la razón como palanca que nos permite evolucionar y progresar, y la necesidad de comer para vivir. Llevado esto al refranero ,que es más ligero de entender,  sería algo parecido a “ dime qué y cómo comes y te diré cómo piensas y cómo quieres vivir”.      

Así podemos establecer una especie de  jerarquización de los sentidos. Están los que actúan de manera más directa en la producción de conocimiento, del saber como la vista y el oído y los menos valorados, como son el tacto, olfato, gusto que afectan directamente al cuerpo , lo que permite defender que por un lado está  el conocimiento activo que es masculino frente a los sentidos pasivos que serían femeninos.

También, dándole al coco,  se puede observar -en nuestra civilización al menos- otro tipo de jerarquía  en todo lo que conlleva poner un plato caliente en la mesa. En ese sentido, la agricultura, el cuidado, la preparación, la limpieza, la cocción y el servicio de lo cocinado han sido tradicionalmente trabajos de personas marginadas y hasta marginales en la sociedad: cosas de esclavos, de trabajadores manuales y, por supuesto, de mujeres.

Pero los tiempos están cambiando que es una barbaridad. Ahora nos planteamos qué es exactamente comer o qué significa una buena comida. Tomar 20 o 30  miniplatos de  degustación en un restaurante de postín a lo peor no es tanto comer como fardar; mientras que un humilde puchero doméstico puede ser un orfeón de sabores y de nutrientes.

La generación actual está reinventando o redescubriendo su alimentación, dice la autora, porque   invita a pensar cómo vivimos, y subraya que las sociedades urbanizadas llevan a un estilo de vida en el que la vivienda donde se puede cocinar está muy separada del lugar donde se trabaja o donde se divierten las personas, sobre todo en las grandes urbes, lo que lleva al auge del picoteo, a la generalización de envases de plástico  y al consumo de alimentos industriales. Esto tiene un impacto medioambiental muy negativo, porque la producción, la transformación, el transporte y comercialización contribuyen a la destrucción de la biodiversidad y a la contaminación.

Algunas veces pienso que quizás  no haya  vínculo social y afectivo más fuerte y decisivo que el vínculo que se establece  alrededor de un puchero, de una paella, de unas migas  o de una barra de bar.  Comer juntos puede constituir, a la larga,  un vínculo mucho mas fuerte que ser del mismo padre o la misma madre.  Comer juntos es la dinámica fundacional del nosotros. Es el puñado de personas que se alimenta juntos mano a mano lo que acaba generando vínculos familiares, sociales.

Ahí va mi tesis : es  el hecho de alimentarnos juntos lo que construye la comunidad y no al revés. Comamos y brindemos por ello. También en Navidad.

Enrique Monterroso Madueño

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