Existe una
evidencia que nadie cuestiona, que atraviesa la esencia de todas y cada una de
las personas que han habitado, habitamos y habitarán este planeta: el universo
no es nada sin la vida, y todo cuanto vive se alimenta. La comida lo es casi
todo: cultura, economía, ecología, biología, química, política y también un portentoso placer diario. Todo
eso elevado a la enésima potencia, en las fiestas navideñas. Durante siglos, lo relacionado con el comer
quedó relegado a segunda división, solo
fue una cosa menor en la jerarquización del saber y del saber hacer pero
ahora, en pleno siglo XXI, parece estar arriba en cuanto a reconocimiento y
valoración. La industrial editorial da buena cuenta de ello.
He tenido
oportunidad de hojear el libro “Pensar y
Comer” cuya autora es Valeria Campos que
analiza y profundiza en dos campos de la vida, imprescindibles por igual, que
son la necesidad de pensar y la necesidad de comer; entre la necesidad de
emplear la razón como palanca que nos permite evolucionar y progresar, y la
necesidad de comer para vivir. Llevado esto al refranero ,que es más ligero de
entender, sería algo parecido a “ dime
qué y cómo comes y te diré cómo piensas y cómo quieres vivir”.
Así podemos
establecer una especie de jerarquización
de los sentidos. Están los que actúan de manera más directa en la producción de
conocimiento, del saber como la vista y el oído y los menos valorados, como son
el tacto, olfato, gusto que afectan directamente al cuerpo , lo que permite
defender que por un lado está el
conocimiento activo que es masculino frente a los sentidos pasivos que serían
femeninos.
También,
dándole al coco, se puede observar -en
nuestra civilización al menos- otro tipo de jerarquía en todo lo que conlleva poner un plato
caliente en la mesa. En ese sentido, la agricultura, el cuidado, la
preparación, la limpieza, la cocción y el servicio de lo cocinado han sido
tradicionalmente trabajos de personas marginadas y hasta marginales en la
sociedad: cosas de esclavos, de trabajadores manuales y, por supuesto, de mujeres.
Pero los
tiempos están cambiando que es una barbaridad. Ahora nos planteamos qué es
exactamente comer o qué significa una buena comida. Tomar 20 o 30 miniplatos de degustación en un restaurante de postín a lo
peor no es tanto comer como fardar; mientras que un humilde puchero doméstico
puede ser un orfeón de sabores y de nutrientes.
La generación
actual está reinventando o redescubriendo su alimentación, dice la autora,
porque invita a pensar cómo vivimos, y subraya que
las sociedades urbanizadas llevan a un estilo de vida en el que la vivienda
donde se puede cocinar está muy separada del lugar donde se trabaja o donde se
divierten las personas, sobre todo en las grandes urbes, lo que lleva al auge
del picoteo, a la generalización de envases de plástico y al consumo de alimentos industriales. Esto
tiene un impacto medioambiental muy negativo, porque la producción, la
transformación, el transporte y comercialización contribuyen a la destrucción
de la biodiversidad y a la contaminación.
Algunas veces
pienso que quizás no haya vínculo social y afectivo más fuerte y
decisivo que el vínculo que se establece alrededor de un puchero, de una paella, de
unas migas o de una barra de bar. Comer juntos puede constituir, a la larga, un vínculo mucho mas fuerte que ser del mismo
padre o la misma madre. Comer juntos es la
dinámica fundacional del nosotros. Es el puñado de personas que se alimenta juntos
mano a mano lo que acaba generando vínculos familiares, sociales.
Ahí va mi
tesis : es el hecho de alimentarnos
juntos lo que construye la comunidad y no al revés. Comamos y brindemos por
ello. También en Navidad.
Enrique Monterroso Madueño
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