Estamos en pleno terremoto político : los demócratas estamos aterrados por
la sismografía de las encuestas que hablan del ascenso de los no demócratas en
la escala de preferencias de los españoles a la hora de elegir a nuestros
representantes.
La cosa se sintetiza así : primero mostramos nuestro desconcierto ante las
previsiones o ante las manifestaciones ruidosas y escandalosas de la calle o
ante los exabruptos del Parlamento que parece no tener límite. En ese momento
estamos. Más tarde viene la gran
indignación por semejante avance demencial . Pero la preocupación por el avance
de la derecha más extrema trivializa la crisis que está atravesando la
democracia, no sólo en España sino en el
mundo entero. Obsérvese que desde que Trump llegó al poder lo que está
en juego es el orden mundial basado en unas normas establecidas. Y para plantar
cara a esa alianza que constituyen de facto estos matones
y autoritarios es necesario localizar correctamente el peligro cultural
y político en el seno de nuestras democracias, no fuera.
En realidad, la amenaza no procede únicamente de los partidos extremistas
que quieren socavar los principios de los derechos humanos, la separación de
poderes y la protección que brinda el Estado del bienestar. El peligro no es
solo que estos radicales autoritarios lleguen al poder o se establezcan
coaliciones con ellos. El verdadero peligro y error reside en que los demás
partidos traten de imitarlos , de copiarles sus discursos y se apresuren a
adoptar sus dogmas racistas, patrioteros.
De tal manera que, tanto si es por resentimiento o por error táctico como si es por pura
conveniencia electoral, los intentos de los partidos tradicionales, clásicos de
debilitar a la ultraderecha adoptando sus posiciones populistas lo único que
logran es acabar normalizando el desprecio por la humanidad y debilitar el
sentimiento de comunidad basado en la solidaridad.
En Alemania pasó exactamente eso en las pasadas elecciones. Y puede pasar
en España. Los conservadores
se emplean a fondo en mimetizar los eslóganes populistas y
demenciales de la guerra cultural: se demoniza la inmigración (a pesar de que
todos los datos económicos y demográficos demuestran la urgente necesidad de
tener aún más inmigración), se debilita el consenso político sobre la memoria
histórica y la reflexión crítica acerca del franquismo, se intimida a los
actores de la sociedad civil. Los radicales de derechas , ante esta copia de
sus postulados, ante tanto apoyo de la competencia, apenas dan crédito a su
suerte y se apresuran a recoger los frutos sin despeinarse .
Si queremos preservar los logros de las democracias , si aspiramos a
contrarrestar el eje autoritario y fascista que maneja el mundo, los
conservadores deben preguntarse si les queda aún un fervor ético que los
distinga de las ideologías radicales y de desprecio por la humanidad o se van a
dejar llevar por la ola reaccionaria de
los extremistas.
La crisis de la democracia no solo se manifiesta en las urnas, sino también
en el discurso político, en la vida cotidiana, en los tribunales , en las
escuelas, en los campos deportivos, en
los bares. Ahí es donde se pone de
manifiesto si se están aplicando realmente las promesas de observancia de los
derechos fundamentales de libertad e igualdad. Ahí se dirime si todos aquellos
que se ven marginados por tener un aspecto diferente, por creer de forma
diferente, por amar de forma diferente o por tener cuerpos que se aparten de la
norma, si todos aquellos que son vulnerables pueden ser vilipendiados y
atacados impunemente por las ideologías no democráticas . O si, por el
contrario, estamos dispuestos a defender lo conseguido hasta ahora y protegemos
nuestra sociedad del bienestar, nuestros cuidados y nuestra democracia que ha
costado sangre, sudor y lágrimas en este país nuestro llamado España que
alguien cree que es suya y se empeñan en registrarla a su nombre.
Atentos. Enrique Monterroso Madueño
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