viernes, 27 de marzo de 2026

 

DESHUMANIZACION Y DISCAPACIDAD                                 27-03-2026

Quienes suscribimos esta columna a propósito de la celebración del día del autismo pretendemos alertar de los peligros que acechan  a la discapacidad  en el contexto de una sociedad como la  actual que contempla al mismo tiempo el poder casi omnímodo de la IA que ha abducido o seducido las mentes y , al mismo tiempo el ascenso de ideologías autoritarias . Ambas formas de concebir el poder amenazan , a nuestro juicio, no sólo  las reducidísimas conquistas conseguidas   en el campo de los derechos elementales para un cada día mayor número de seres humanos con discapacidades funcionales sino lo que puede resultar aún peor niegue de facto la humanidad.  La sesgada y malévola  utilización de las herramientas tecnológicas trufadas de la peor ideología, la del dinero y las ambiciones de poder,  puede confluir con el inequívoco ascenso de las democracias autoritarias basadas en esa otra ideología extrema que no ve en las personas a  seres humanos sino recursos más o menos explotables para sus fines poniendo en entredicho la principal de las condiciones para considerarnos humanos que es justamente la humanidad.   

En la larga historia del ser humano  hubo un momento que se puede considerar como uno de los actos fundacionales de nuestra especie. Ese momento tiene que ver cuando alguien decidió no abandonar al enfermo, ni al anciano que caminaba más despacio y al que había que alimentar, ni a hijos de otros que quedaban huérfanos o desasistidos, ni a discapacitados que siempre los hubo ni a quien, tras el ataque de un animal o un accidente, ya no podía valerse por sí mismo. Esa atención prestada, esos cuidados fueron  todo un gesto absolutamente humanitario. La humanidad empezó a ser plenamente humana , una comunidad  moral cuando empezó a cuidar al otro. Lo que hacían nuestros antepasados sapiens o neandertales  era todo lo contrario  a la rentabilidad, al egoísmo de buscar solo el beneficio propio y reducir los riesgos en un ambiente  hostil, tan hostil como puede ser el actual.  Cuidar al prójimo, especialmente a los más débiles o vulnerables fue asumir que el valor de la vida de un semejante era algo más que el de su utilidad para proveer alimento. Afortunadamente todo esto no es creencia o suposiciones sino que lo sabemos porque la arqueología ofrece datos elocuentes que vienen  avalados por minuciosas investigaciones. 

De un lado hemos asistido  con estupor a  las declaraciones de un anto directivo de OpenAI, que recientemente en una entrevista dijo : «La gente habla de la cantidad de energía que se necesita para entrenar un modelo de IA... Pero también se necesita mucha energía para entrenar a un ser humano. Se necesitan unos 20 años de vida y toda la comida que se ingiere durante ese tiempo para llegar a ser inteligente».  Comparar lo que consume un ser humano hasta que comienza a tener plenitud intelectual con el coste de entrenar  un robot, un muñeco pseudo inteligente  es deshumanizarnos. Es considerar que las personas y las herramientas tecnológicas pueden situarse en planos semejantes de valor.  Conviene recordarlo cada vez que algunos se atrevan a comparar el valor de las personas con las máquinas o , lo que es peor, cuando alguien llevado de su ideología fascista sugiera, aunque sea  implícitamente,  que hay vidas que pesan demasiado y que son un lastre para la sociedad. Cuidado. 

De otro lado tenemos la historia. Deshumanizar al ser humano nos llevó el siglo pasado a situaciones atroces que quisiéramos ver desterradas para siempre. Pero a la altura del siglo XXI  continuamos dando  muestras de que la humanidad como rasgo esencial de los “humanos” no es algo irreversible; y que el fascismo , con tal o cual nombre, sigue vivo entre nosotros.  Se manifiesta en  el genocidio cometido contra el pueblo palestino, se manifiesta en guerras crueles que asesinan a personal civil, se manifiesta cuando dejamos morir a personas de hambre disponiendo de excedentes de todo tipo y en muchas otras situaciones que comprobamos a diario sin pestañear demasiado.  La idea de fondo, antes como ahora,  sigue siendo inquietantemente similar: pensar, creer que  hay vidas menos valiosas de las que se puede prescindir o que no conviene proteger.

En la era actual de la biotecnología y la inteligencia artificial la capacidad de discriminar a través de mejoras tecnológicas nos resitúa en escenarios peligrosos  dado que , a la luz de 2026, no podemos dar por garantizado su uso y control desde posiciones éticas y morales, más bien lo contrario.  En las sociedades en que vivimos  el éxito económico se ha convertido en la medida casi exclusiva del valor personal. La productividad, la eficiencia, la optimización son palabras fetiche.  Y , al mismo tiempo y en completa sincronía, los más ultras blanden el  “nosotros”  como principio de exclusión frente a “los otros” sustentado de esta manera el avance de movimientos excluyentes que predican la idea de que algunos “sobran” y de que el Estado no debe proteger a quienes no encajan en una identidad o en un ideal productivo, o simplemente en “nuestros” usos y costumbres. Puede que la exclusión no se formule como exterminio como antaño, pero sí como estigmatización, abandono  y desmantelamiento de redes de protección.

De ahí nuestra preocupación. Por eso escribimos, por eso nos movilizamos y  por eso apelamos hoy y siempre a una conciencia colectiva que acepte , integre y practique que todos los seres humanos somos iguales y todos somos diferentes.

Enrique Monterroso Madueño et alt.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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