ALZAR Y BAJAR LA MIRADA 10-04-2026
Cuenta el filósofo y escritor Alba
Rico que en el vagón de metro de Madrid
en el que viajaba hace unas
semanas entró un hombre y alzó la voz
dirigiéndose al público. Los viajeros esperaron escuchar una historia de paro e indigencia y una
petición de monedas. Pero no. El hombre que
alzó la voz tan sólo dijo enérgicamente
: “No les voy a pedir dinero, sólo les voy a pedir que me miren , que
quiten sus ojos del teléfono móvil y me digan buenos días”.
Me ha parecido tremenda esta
historia extraída de la vida cotidiana pues nos podemos ver reflejados en ella todos nosotros aunque no viajáramos en ese
vagón de metro. Y porque la podemos aplicar a otros escenarios como los
bombardeos sobre Líbano y los libaneses, sobre Irán y los iraníes a los cuales
prestamos una mínima atención: tan sólo levantar un segundo la mirada para
contemplar el estruendo de las bombas y el humo de los bombardeos y bajarla de inmediato y seguir a lo nuestro, la
cabeza gacha y teléfono en mano.
El hombre del metro en cuestión planteaba algo difícil
de cumplir : que lo miraran un segundo
sabiendo que de inmediato lo iban a ignorar; reconocerlo como sufridor y al mismo tiempo olvidarlo. Todo en un plis
plas. Es muy probable que esa persona ,en realidad, solo quisiera poner en aprietos a sus semejantes; como si fuera la pequeña revancha de un humillado, de un fracasado social para
hacerles ver a los pasajeros su
indiferencia culpable ante el
sufrimiento de los semejantes. Hace falta, en efecto, ser malos con mayúsculas para
dar sólo los buenos días a una persona que pide pan , que pide auxilio, que
pide comprensión, que pide solidaridad, que pide respeto . Sólo un sádico sin
entrañas y sus cómplices se atreven a
mirar a los ojos a una persona débil y desarmado antes de destruirlo. Pongan
ustedes el patronímico : un gazatí, un libanés , un iraní, un madrileño…. Qué
más da. Un ser humano.
Es cruel este mundo en el que buena
parte de la sociedad tiene necesidades y pide algo tan básico como pan, vivienda,
cuidados, compañía o paz mientras una parte que vive de lujo sólo tiene la
deferencia de alzar la mirada y volverla a bajar . Ejercer la compasión de boquilla ante el sufrimiento y al mismo
tiempo desentenderse de los que sufren es hipocresía y muchas más cosas . Eso
nos viene pasando a casi todos nosotros, metámosnos todos. Tratar
solo con “los nuestros” es muy cómodo. Lo difícil es qué hacer
con “los otros” que nos piden que los miremos a los ojos sabiendo nos van a
complicar la vida.
Hay dos situaciones, dos momentos donde uno se puede ahorrar ese escozor ético de
nuestras contradicciones. El primero es la pantalla del móvil, que nos permite bajar
la mirada hacia el sufrimiento ajeno sin hacer nada por aliviarlo. El otro momento o situación es alzar la vista para contemplar tan sólo el humo de
los bombardeos de esta guerra cruel que estamos asistiendo desde el confort de
nuestro sofá , contemplar ese modelo de exterminio al que estamos asistiendo en
estos tiempos tan malos, en estos tiempos tan ciegos que ni siquiera reconocemos a nuestros semejantes, como si no fueran de los nuestros.
Es bueno que nos enfrentemos a este
inquietante dilema moral, aunque nos escueza
. Decía Montesquieu que es bueno el que se ama a sí mismo; es mejor el que ama
a su familia más que a sí mismo; y es mejor aún el que ama a su patria más que
a su familia y que a sí mismo, pero el mejor de todos —escribió — es el que ama
a la humanidad más que a su patria, a su familia y a sí mismo.
Pues eso.
Enrique Monterroso Madueño
Dedicado a mi querida Dulce, mucho más que una nuera.
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